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19. Reclusión
Una soledad inmensa,
una soledad de isleño
naufragando en sí cada día,
recluído al interior
de idiomas inextricables.
Las aves, las tormentas,
las embarcaciones grises,
los dramáticos mensajes
pasando, cruzando sin fin,
rehuyendo los arrecifes.
¿Quién vendrá, quién llegará,
quién abrirá las puertas
y gritará, gritará,
gritará por los pasillos,
por los cuartos lóbregos,
por el desván dormecido,
por el sótano monacal,
quién llegará, y desde dónde?
Tu abnegada porfía, esposa,
tu tutela de besos
velando en las altas fiebres
con un talismán azul
de férreo cristal terrestre,
y el agua, el agua girando,
el agua y su rumor natal
perforando los sueños
con su insistencia remota.
Nadie vendrá, nadie, nadie,
nadie con voz auroral
restituyendo las claves,
devolviendo al orden óntico
su perdida condición luminal.
Una soledad inmensa,
una soledad de nauta
con su barco fantasma
cruzando los océanos,
y no llegando jamás.
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